No se puede llamar a una enfermedad “rara” porque puesto en el contexto de “Día Mundial de las Enfermedades Raras” parece que estemos hablando de una celebración de algo curioso o exótico. Me dan ganas de ir a ver que es una enfermedad rara y no a solidarizarme con aquellos que las sufren y en algunos casos no tienen acceso a tratamientos efectivos porque ningún científico o empresa farmacéutica los ha investigado y puesto en el mercado.
Es así de triste, pero el marketing es un arma de doble filo. Un tema serio encarado con un nombre “raro” puede producir el efecto contrario al deseado y convertir en una curiosidad un tema de extrema importancia si creemos en la cobertura universal del servicio sanitario.
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Hay problemas sociales que siempre se intentan arreglar atacando al más débil. En Lleida multarán a las prostitutas que ejercen en la calle y sus clientes. Estos son los dos eslabones más débiles de toda la cadena y por lo tanto es como matar mosquitos con la mano, siempre aparecen más. Sigue habiendo un fuerte tabú cuando tratamos temas de prostitución por más que algunas se hayan convertido en estrellas mediáticas con apariciones en la televisión. La prostituta común vive en situaciones de penuria, algunas no tienen opciones, aunque nos guste creer que sí y que son sólo unas viciosas. La situación no se mejora castigando al grupo que no va a responder al estímulo del castigo, sino cambiando el modelo social con respecto a este colectivo. La prostitución callejera existe y existirá a menos que se presenten alternativas realistas al problema.
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Un tipo común, trabajador, considerado con sus vecinos y respetado por ellos, que se había gastado sus ahorros en remodelar su pequeño piso, y que vio como un atentado de una guerra que no va con nadie hacia añicos sus cuatro caprichos, su lucha por sobrevivir en un mundo donde las posibilidades laborales no llueven del cielo.
Este chaval, indignado como lo estaría cualquiera, se enfundó los revólveres a lo Clint Eastwood en “Sin Perdón” y arremetió contra aquellos que le había atacado, o por lo menos contra aquellos que sin tapujos, sin necesidad de esconderse, les apoyan. Un acto casi de defensa personal de la dignidad humana, pues la defensa de la propiedad personal no merece que uno se tome la justicia por su cuenta.
Este chaval no llevó a cabo un acto violento, aunque así se manifestase, sino que gritó, se quejó, pidió que de una vez por todas el conflicto armado del País Vasco, un conflicto que dispara balas sin apuntar porque no hay a nadie a quien disparar, se termine de una vez por todas.
No está sólo en su súplica a golpe de maza, pero sí se quedará sólo, porque él no es Clint Eastwood, ni esto Estados Unidos. En ese país hoy sería un héroe nacional protegido, condecorado y elevado a los altares de la fama, lo que le permitiría redecorar todo su edificio. Aquí, este chaval terminará pagando una deuda descomunal —posiblemente la monetaria le de ya lo mismo — pues su cabeza parece ya tener precio.
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